Cooperación al desarrollo desde la universidad: un triple beneficio

Cooperación al desarrollo desde la universidad: un triple beneficio

En España, son muchas las universidades, públicas y privadas, que potencian el voluntariado entre alumnos y profesores a lo largo de todo el año. Aunque es en verano, aprovechando los días libres que ofrecen las vacaciones, cuando aumentan las acciones de campo, sobre todo si los proyectos en los que se colabora son de carácter internacional.

En general, suelen durar entre dos y seis meses y cubrir parte de los gastos generados por el voluntario en desplazamientos, manutención, seguros, visados, etc. Habitualmente se llevan a cabo en coalición con ONG que ya tienen un recorrido en las regiones en las que se desarrolla el proyecto y que conocen las necesidades de la zona. De esta manera, aprovechan sinergias que van a ser beneficiosas para todas las partes implicadas.

Por un lado, las ONG encuentran especialistas que colaboren de manera altruista en la materia concreta que su proyecto necesita: arquitectos para diseñar mejores viviendas en zonas arrasadas por terremotos, oftalmólogos para tratar dolencias oculares en regiones deprimidas; especialistas en administración y dirección de empresas para mejorar el desarrollo de los negocios, etc.

Por otro lado, los estudiantes ponen en práctica sus conocimientosen un entorno a veces hostil y con pocos o nulos recursos, en el que no solo se desarrollan profesionalmente. Aprenden a buscar alternativas y potencian un espíritu crítico y comprometido que, en muchos casos, servirá para que su futuro profesional se enfoque hacia lo socialmente responsable.

Lógicamente, además de las dos partes asociadas, de esta coalición deben beneficiarse los habitantes de las regiones en las que se llevan a cabo los proyectos. El objetivo principal es conseguir que su calidad de vida mejorea través del intercambio de conocimientos.

Desde Benin hasta Nepal

Cinco ejemplos de proyectos de este calado se llevan a cabo desde la Universidad Europea a través de su fundación. Este año han sido 40 los alumnos a los que se ha podido becar de forma parcial para participar en ellos, ocho por proyecto, que han trabajado en Ouidah y Nikki (Benin), en Anantapur (India), en Kenia, en Dakhla (en el Sahara marroquí) y en Gatlang (Nepal).

Todos ellos han sido seleccionados en base a sus conocimientos. Al proyecto de Benin, por ejemplo, han acudido estudiantes de fisioterapia, medicina, enfermería y psicología para dar soporte a niños abandonados con discapacidad, a enfermos crónicos y terminales en hospitales y centros de salud. Y de la rama de educación para fomentar el aprendizaje de nuevos conocimientos entre niños y jóvenes que en los meses de verano normalmente se dedican a realizar los trabajos del campo.

Para el proyecto de India han sido seleccionadas estudiantes de comunicación audiovisual y publicidad para llevar a cabo un documental sobre el programa De mujer a mujer de la Fundación Vicente Ferrer. Su objetivo es mostrar el trabajo que se está llevando a cabo para empoderar a las mujeres de castas desfavorecidas.

Para los de Kenia y Sahara también se han buscado alumnos de fisioterapia y psicología para formar a profesionales locales a la hora de abordar la evaluación y tratamiento de determinados trastornos. Por un lado, se va a trabajar con niños con alteraciones del desarrollo, como autismo o parálisis cerebral. Por otro, con gran parte de la población para detectar y tratar dolencias mentales como depresión, ansiedad o esquizofrenia, realizando además un trabajo de sensibilización.

Finalmente, en Nepal se llevan a cabo dos proyectos paralelos: uno de medicina y odontología, para dar asistencia sanitaria a la población local, y otro de arquitectura e ingeniería en el que se aportan conocimientos para la reconstrucción de los edificios afectados por el terremoto que asoló la zona en 2015.

“El proyecto de arquitectura arrancó gracias al trabajo de una alumna de grado de Ingeniería Civil, que estaba haciendo un estudio de la construcción de la zona y su comportamiento sísmico. Ella fue la que entró en contacto con la ONG Orche, que trabaja en Gatlang, para ofrecerles apoyo técnico”,explica José Agulló, profesor de Arquitectura en la Universidad Europea, que lleva tres años participando en este programa. “Hacemos trabajo de campo durante el mes de octubre, y a lo largo del año ofrecemos apoyo técnico a distancia”, puntualiza.

Es una colaboración que engancha, a pesar de realizarse en una pequeña localidad de unos 2.000 habitantes situada en pleno Himalaya, a 2.300 metros de altura. Lo corrobora Jamie Castellote, antiguo alumno de Arquitectura en la Universidad Europea, que va a viajar por segunda vez a la zona de cooperación. “Es una manera alternativa de poner en práctica lo que aprendemos y lo que llevamos a cabo en nuestro día a día laboral”, afirma.

Y añade: “Allí participamos de una manera muy activa. De primeras, llegas sin saber muy bien qué vas a hacer y cómo lo vas a conseguir, porque los recursos son escasos. Pasas de trabajar con planos en soporte digital a elaborarlos con papel y lápiz, además de contar con materiales de obra mucho más rudimentarios. Básicamente tenemos que buscar soluciones válidas para ayudar a la gente de la zona”.

Solidaridad con valor académico

Otro de los centros que cuentan con proyectos de cooperación internacional es la Universidad de Burgos (UBU), que lleva desde 2002 trabajando en el campo del voluntariado a nivel local y desde 2008 también fuera de las fronteras españolas. Cuenta con 56 proyectos propios fuera de España, de los cuales 13 se desarrollaron en 2018, en los que participaron 32 estudiantes.

Todos ellos se gestionan a través de su Centro de Cooperación y Acción Solidaria, que tiene entre sus objetivos hacer de la universidad un “foro de reflexión y debate sobre los cambios necesarios para promover la justicia y la solidaridad a nivel mundial”, como asegura Soraya Cámara, técnico en esta entidad.

Según esta, los programas de voluntariado internacional tienen en muchos casos reconocimiento por las prácticas curriculares y en los trabajos de fin de grado o de fin de máster, “siempre dependiendo de las titulaciones”. Además, los estudiantes pueden convalidar 1,5 créditos por cada 30 horas de actividad, aunque normalmente este beneficio está vinculado al voluntariado local.

A través de sus iniciativas, el Centro de Cooperación de la UBU busca “potenciar la participación y la sensibilización de la comunidad universitaria en iniciativas vinculadas al desarrollo humano sostenible, la igualdad de género, la equidad intra e intergeneracional, el fomento del pensamiento crítico y la creación de una cultura para la paz y la convivencia”, apunta Cámara.

Hasta ahora, los proyectos de cooperación internacional han llevado a los estudiantes, docentes y personal diverso de la UBU hasta países como India, Ecuador, Bolivia, Grecia, República Dominicana, Senegal, Argelia, Honduras, México, Nepal, Alemania y Perú. No solo para dar soporte y compartir conocimientos con la población local, también para potenciar la I+D de posibles soluciones que mejoren la calidad de vida de personas que viven en zonas deprimidas.

Un ejemplo es el ‘policereal’ desarrollado por la misionera seglar Pilar Segura y el profesorado del área de Nutrición y Bromatología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Burgos, que ayuda a reducir de forma efectiva las tasas de desnutrición.

A través del Programa Pronusa, la UBU colaboró con los trabajos de coordinación para la elaboración y venta de este producto, cuyos beneficios fueron a parar a las 120 familias que participaron en él.

Reforzando el pensamiento crítico

La Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) también cuenta con proyectos de cooperación internacional este tipo. Son programas de movilidad de voluntariado social o de investigación que normalmente se desarrollan en África o en América Latina y que, en ocasiones, se pueden vincular al trabajo de fin de grado y de fin de master.

“Es una experiencia internacional casi profesional en los ámbitos de estudio de los alumnos participantes, que favorecerá su empleabilidad. Además, se integran en un proyecto orientado al desarrollo de poblaciones desfavorecidas y los resultados de su trabajo redundarán en una mejora de las condiciones de vida de estas poblaciones”, explica Nuria Castejón, portavoz de la Oficina de Cooperación Universitaria al Desarrollo de la UC3M.

Desde su punto de vista, la experiencia del voluntariado internacional “suele suponer un cambio grande en la forma de ver el mundo de los estudiantes que participan en los proyectos”.

Además, comenta cómo ven reforzadas ciertas capacidades, como el pensamiento crítico, analítico y sistémico, o la resolución integral de problemas. Aptitudes que les serán más que útiles, necesarias, a lo largo de su vida.

Fuente: https://www.compromisoempresarial.com

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